En “El arte de la seducción”, el escritor estadounidense Robert Greene analiza, además de las habilidades que conforman este arte, los rasgos propios de su opuesto: la anti-seducción. Refiere ocho tipos de estas personalidades, que tienen como característica de base la inseguridad (combinada con otro atributo negativo). Un combo que, como es de esperar, produce rechazo. Advierte que los anti-seductores no siempre se distinguen a simple vista: a veces son sutiles y capaces de atraparnos sin que nos demos cuenta… hasta que ya es tarde y estamos enredados en una relación insatisfactoria. Estos son algunos de estos tipos.

- “El moralizador”: aquellos que tienen la costumbre de juzgar y criticar. Seguidores de normas fijas, pretenden que los demás se adapten a ellas, que cambien, que se vuelvan “mejores personas”. Erigidos en dueños de la verdad, necesitan dominar a quienes los rodean. ¿De dónde viene su moralismo? De su propia infelicidad y de su incapacidad para adaptarse y disfrutar. Resultan fáciles de reconocer por su rigidez mental, que a menudo viene acompañada de cierta tensión física. El autor aconseja no exponerse a sus amargos comentarios.

Sexualmente hablando: Anti-seductores

- “El tacaño”: la personalidad avara va más allá del tema del dinero. Tiene que ver con una cuestión de carácter, que le impide soltarse, correr riesgos. Greene lo considera uno de los perfiles más anti-seductores. Sostiene que los tacaños piensan que son generosos cuando dan migajas, tal es la falta de conciencia que tienen de su problema. Y nos invita a descubrir el potencial seductor de la “generosidad selectiva” (cuidando el no excedernos, ya que podría ser una señal de desesperación, propia de los que quieren comprar el afecto).

- “El torpe”: se trata de gente tímida e insegura, cuya permanente inquietud acaba por resultar contagiosa. Su torpeza no reside en pensar demasiado en el objeto de su afecto, al revés; solo piensan en ellos. Según Greene, rara vez llegan a las últimas etapas de la seducción y, si lo hacen, terminan arruinándola. Carecen de ritmo, de sentido de la oportunidad, es como si no hablaran ese lenguaje. Un entrenamiento que les falta, por lo que muchas de sus víctimas se ven tentadas de “educarlos”, algo que el autor desaconseja. A partir de cierta edad, si siguen siendo “torpes” y desconectados, probablemente se trate de un caso perdido.

- “El hablador”: miradas, conductas y señales son aspectos claves en la seducción. Las palabras también, claro. Pero estos charlatanes se exceden. Y por si fuera poco, se la pasan hablando de sí mismos. No se preguntan si aburren al otro. Tienen un egoísmo muy arraigado y por eso no hay nada más inútil que intentar corregirlos: si se los interrumpe o discute, es peor. Lo mejor con estos personajes es controlar la propia lengua.

- “El reactivo”: como su nombre lo indica, reacciona demasiado, es extremadamente sensible (el problema es su enorme ego). Sobreanaliza las palabras, conductas y actitudes de los demás en busca de afrentas y desaires a su vanidad. Y cuando el otro se retira, se enfurecen y arremeten. Propensos a quejarse y llorisquear -costumbres muy poco atractivas-, son incapaces de reírse de sí mismos, porque albergan resentimiento. Greene sugiere eliminar todos los rasgos reactivos del propio carácter, ya que inconscientemente repelen.

Sexualmente hablando: hombres que tienen sexo con hombres

- “El vulgar”: los vulgares no prestan atención a los detalles (algo tan importante a la hora de seducir). Lo que puede verse, en primer lugar, en su apariencia personal, casi siempre descuidada. Lo dicen todo en público, no tienen sentido de la oportunidad y resultan muy indiscretos. Aunque estas conductas parecen propias de un impulsivo, la fuente en realidad es el egoísmo. Además de evitarlos, Greene sugiere cultivar el estilo opuesto: convertirnos en seres con tacto, estilo y atentos a los detalles… aspectos básicos de todo seductor.